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EL FINAL DE UN CAMINO

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TURQUÍA INFINITA



Turquía infinita. Infinita porque si uno se propone recorrer este país se enfrentará a una barbaridad de kilómetros, infinita también porque son innumerables los sitios a visitar e infinita por su herencia en el tiempo y la historia. Desde ese mágico e incomprendido asentamiento pre-neolítico, haciendo frontera con mi amada Siria, llamado Göbleki Tepe (los arqueólogos tienen mucho trabajo aquí ya que la cronología del Neolítico podría ser cambiada. En una época dónde tendría que haber pueblos nómadas, aparece Göbleki Tepe como un mega-santuario o ciudad monumental), pasando por los Imperios Bizantino y Otomano y hasta los tiempos modernos encabezados por Atatürk, Turquía ha tenido un gran protagonismo mundial. Y sino que se lo pregunten al manco más famoso de la Batalla de Lepanto...

Muchos focos de protagonismo a destacar de este país, muchos modelos a seguir por sus vecinos como los Jenízaros: aquellas unidades de infantería únicas en su tiempo en cuánto a devoción y valor, compuestas de cautivos y esclavos en principio y posteriormente por otomanos de diferentes provincias que desde muy pequeños eran apartados de su familia y criados en un ambiente militar férreo, al más puro estilo espartano.

Los Jenízaros eran la guardia de honor del Sultán, aquel gobernante que nos retrotrae a tiempos de gloria para los otomanos y un ligero velo de orientalismo con sus harenes y sus costumbres exóticas. Hasta un Harén llegó una mujer valenciana, de nombre Esther, que según cuenta la tradición se convirtió en la favorita del Sultán gracias a sus artes amatorias.

Un antagonista para los españoles fue Barbarroja, llamado Jeireddín, pero siendo reconocido como "Barbarossa" por los italianos. No es el pirata berberisco ni el emperador germánico pero, sin duda, fue un verdadero martillo para las posesiones del Imperio Español en el Mediterráneo; el Imperio Otomano le debe el control del mar y por ello fue ascendido a Almirante de la armada turca.

Otro Almirante del Imperio Otomano fue Piri Reis, aquel que dibujó en un mapa el contorno de la costa Oriental de América del Sur en 1513 cuándo aún no se había cartografiado el continente americano. Uno de esos misterios en la historia que tan poco gustan en los círculos académicos ortodoxos.

El pueblo turco, venido de las temidas estepas mongoles, ha sido cuna de grandes Ciudades-Estado: en Anatolia o Asia Menor podemos visitar las ruinas de la mítica Troya, la monumental Éfeso o la elevada -por su posición en la montaña- Pérgamo. Por aquí han desfilado, y se dice pronto, griegos, persas, macedonios con el gran Alejandro Magno, romanos, cruzados o árabes entre otros. Que a nadie se le olvide que en esta zona, Anatolia, surge la primera moneda en una ciudad llamada Lidia y además se asentaba uno de los primeros templos curativos o "Asclepeion" del mundo (con la serpiente y el opio como elementos principales).

Más allá del Asia Menor, Turquía sigue fascinando en ciudades como Estambul o regiones cómo la Capadocia; sobre esto hay mucho, y muy bueno, escrito así que me limitaré a afirmar que Estambul es única por esa mezcolanza cultural y ese sincretismo en templos. Capadocia es el desafío de la naturaleza y el hombre al medio . La antigua capital del Imperio Otomano, Bursa, nos enseña esplendor de otros tiempos en Mezquitas, Mausoleos o su Bazar de la Seda pero sobre todo nos deja el curioso detalle de ser la ciudad del primer índice bursátil -derivando del nombre de la ciudad, Bursa-, un índice que hoy día nos asfixia tanto o más que el veneno de una serpiente. 

Posadas caravaneras, o "KervanSaray" para los comerciantes de la Ruta de la Seda, pueden ser visitadas hoy día. Todo un ejercicio mental para nuestra anquilosada forma de viajar es poder sentarse en estas posadas medievales e intentar comprender la motivación de aquellos hombres para atravesar zonas desérticas de Oriente. 

Pamukkale con sus aguas termales, el espectáculo de piedra caliza convirtiendo la zona en un auténtico "castillo blanco" (es el significado de Pamukkale en turco) y las ruinas de la Hierápolis, son un enclave de lo más recomendable por la belleza del blanco en su montaña, el poder regenerador de sus aguas y el esplendor de sus ruinas que son fruto de asentamientos persas, griegos, romanos, selyúcidas, etc...un mosaico de pueblos que podemos extrapolarlo al resto del país. 

En el interior del país, en concreto en la ciudad de Konya, se levanta el mausoleo de Mevlana Rumí. Una personalidad mística para todo el Islam ya que sus enseñanzas como sufí son interpretadas casi como palabra divina. Fundador de la orden de los Derviches Giróvagos, aquellos que dan vueltas sobre sí mismos entrando en trance, y poeta de reconocido prestigio. Su vida y sus enseñanzas deberían ser conocidas en todo el mundo, su transcendencia y su mensaje de amor es tan universal como el mismo Dios que desde las alturas nos contempla a todos los seres humanos. Todo un honor haber conocido su forma de vivir, su legado poético y literato en múltiples cuentos sufíes, la orden monástica de los derviches y, porque no decirlo, haber paseado al lado de su tumba dónde uno contempla un espectáculo de fe y pasión como el que se puede ver en la Lourdes cristiana por ejemplo. 

En definitiva, Turquía es esto y mucho más ya que, como dije al principio, es infinita. Nuestro corazón aún late con fuerza al recordar todo lo visitado, país considerado como la "Puerta de Oriente" nos ofrece un espectáculo visual tan bello cómo la historia que le contempla. 

Para reflexionar una frase, que la gente turca repetía en más de una ocasión, del maestro sufí Mevlana Rumí: "Que seas como apareces y parezcas como eres". No es tan simple la frase como creemos a simple vista...



Las huellas de Tierra Santa



Cómo si de un investigador privado se tratara, me dispuse a emprender viaje sin olvidar una lupa para no perder detalle, gabardina de cuello alto para el frío nocturno de nuestra investigación y la sempiterna pipa como vehículo de meditación. De esta guisa espiritual, más propia de un Sherlock Holmes, tomamos rumbo a Tel Aviv. Desde esta moderna ciudad el camino a Jerusalén es corto, en menos de una hora nos presentamos en la gran capital de la espiritualidad; la ciudad de las tres grandes religiones del libro. 

Descansamos cuerpo y mente en un lugar privilegiado: el Monte de los Olivos, allí se encontraba nuestro hotel  enclavado a los pies de Getsemaní, es decir dónde Jesús de Nazaret fijó su campamento en Jerusalén. El Monte de los Olivos también es importante porque aquí instaló su campamento la X Legión romana, en el 70 D.C., para el asalto y destrucción de Jerusalén. Para la tradición judía es igualmente importante ya que sitúan el lugar como el primero dónde Dios comenzará a resucitar almas; así, hoy día, podemos observar miles (se calculan en 150.000) de tumbas judías. Las noches allí pasadas respiraban magia. 

Comenzamos nuestra singular aventura en Bethelem o Belén, atravesando un muro de vergüenza que separa a los ciudadanos de primera judíos de los enclaustrados palestinos; si alguien tenía dudas sobre como era un Gueto tiempo atrás  no tiene mas que acercarse a los Territorios Palestinos. Los controles de las autoridades judías no impiden que lleguemos al lugar de nacimiento de Jesús de Nazaret, dónde se respira una paz singular que ilumina la gruta de tan recordado evento. Las hordas persas, al tomar Palestina y llegar a Belén, respetaron -y no destruyeron- la Iglesia que se levantó sobre la gruta del nacimiento al encontrar una imágen de los tres Reyes Magos venidos de Oriente, de sus tierras persas; casualidad o no es un lujo poder perderse en esos muros hoy día. Pasear por Belén y contemplar sus laderas plagadas de viviendas de piedra blanca es casi contemplar aquellas chozas y pastores del imaginario cristiano; el ejercicio no es tan descabellado cuándo uno se encuentra en Belén.

Cruzamos el control para volver a ingresar en Israel, nuestros pasos nos van a llevar a Jerusalén. Mucho se ha hablado de esta gran urbe y poco más hay que añadir: la religión judía la venera por ser la capital histórica de la antigua Judea y por ser el territorio dónde se edificó el Gran Templo, del cuál hoy queda el famoso Muro de las Lamentaciones. A la derecha de este muro, lugar de prisas, hombres de negro sin afeitar los mechones rizados del cabello y algo de integrismo religioso, se encuentra el segundo lugar -el primero es la Meca- más sagrado para el Islám: la Mezquita de la Cúpula de la Roca dónde Mahoma ascendió a los cielos; se acompaña de una fantástica explanada, para la meditación, que termina en la Mezquita de Al-Aqsa.  En muy pocos metros cuadrados Islám y Judaísmo comparten magia y espíritu; el rizo termina de rizarse cuándo, tras andar algunos pasos por el barrio árabe, se llega al Santo Sepulcro cristiano dónde la tradición sitúa la tumba de Jesús. El lugar, poblado de obras arte, está excesivamente recargado y las continuas visitas avivan esta sensación; tras observar la tumba de Adán debajo de la de Jesús uno cree que ya ha visto todo en ese lugar y no merece la pena reflexionar más. Paseamos y, al salir por la histórica Puerta de Damasco, nos encontramos con la Tumba del Jardín: la que rivaliza con el Santo Sepulcro por albergar la tumba de Jesús; la sencillez del lugar, el jardín que la rodea y el Gólgota observándonos nos transportan al año I. La sensación es clara: aquella parece ser la tumba que cedió José de Arimatea, al menos tuvo que ser algo parecido. Magia pura se respira. 

Jerusalén sorprende por su mezcla de colorido en el barrio árabe, recogimiento en el barrio judío -más aún si se pasea en Sabbath con sus estrictas normas- y modernidad -entendida como globalización- del barrio cristiano. El barrio armenio, el cuarto de la ciudad antigua, nos ofrece un aspecto medieval de la ciudad. Las tres religiones, judaísmo, cristianismo e islám, se mezclan en muchos puntos sin llegar al sincretismo; es muy curioso observar ejemplos como el lugar de la última cena o cenáculo cristiano: además de ser santo lugar para los cristianos, en el complejo encontramos la tumba del rey David (lugar de meditación y sumo respeto de los judíos) y, para sorpresa general, observamos como el cenáculo fue convertido en Mezquita la cuál nos ha legado unas bellas cápsulas de escritura sufí. Sin mezclarse en su fin pero sí en determinados paradigmas, las tres religiones, vuelven a estar presentes en un lugar mágico y plagado de sentimientos. 

Pero el actual estado de Israel, la antigua Palestina, ofrece también la posibilidad de bañarse o flotar  en el Mar Muerto (el punto más bajo del Planeta Tierra) y acercarse a Masada; la fortaleza construida por Herodes el Grande sirvió de trágico escenario cuándo en el año 74 D.C. los romanos provocaron que cientos de judíos, los últimos defensores de Judea tras la destrucción de Jerusalén, se suicidarán en masa. El sentimiento de nacionalismo que se tradujo de este suicidio colectivo llega hasta nuestros días, el judío de hoy día recibe el último aliento de esos muertos para tratar de no volver a perder su patria. El vínculo emocional es tan fuerte que Masada es un vehículo de unión para la nueva nación israelita. El enclave es espectacular, en mitad del desierto y anclada en lo alto de un promontorio rocoso se halla esta fortaleza inexpugnable con su sistema de cisternas, habitaciones y hasta un palacio que destaca por su policromía. El funicular moderno o la antigua rampa construida por las legiones romanas pueden elevarte a tan simbólico lugar dónde se funden arqueología y espiritualidad en un abrazo eterno. A mitad de camino entre Masada y el Mar Muerto está uno de los lugares que la arqueología ha señalado como especialmente relevante por su mensaje: las cuevas de Qumrám, dónde se encontraron los misteriosos manuscritos del Mar Muerto que tantas teorías y suspicacias han levantado, un lugar de recogimiento espiritual para aquella secta llamada de los Esenios (de la cual Jesús pudo haber recibido influencia).

Por último, nuestros pasos nos acercarán a una antigua provincia despreciada por Judea en tiempos de Mesías: Galilea. Evidentemente, y no es obligación ninguna, nuestro punto de vista no la tomará en balde. Allí, al Norte del país, encontramos Nazareth, lugar de residencia de Jesús y su familia; la gruta dónde hacían su vida y el lugar, al aire libre, dónde José tenía su carpintería nos vuelven a transportar al año I. Dejamos atrás Caná, no sin antes evocar el milagro de la Boda, Tiberiades -lugar santo también para los judíos- y hacemos alto en Cafarnaúm dónde Jesús eligió gran parte sus discípulos -allí se puede observar la casa de Pedro- y se atrevió a lanzar mensajes revolucionarios al mundo entero. La magia de este sitio se encuentra en las ruinas de la antigua ciudad, con una espléndida sinagoga, que recibió los pasos de Jesús así como en el Mar de Galilea o Lago Tiberiades que baña sus orillas; la paz y armonía de este lugar hacen sentir al viajero la necesidad de salvaguardar espacios naturales para estar en armonía con su divinidad, sea cual sea esta. 

La ruta nos muestra el Monte Tabor, lugar de la transfiguración de Jesús, y los Altos del Golán, aquel punto de conflicto entre sirios e israelitas hoy día, para acabar en las aguas del Jordán. Allí dónde Jesús recibió el bautismo de Juan es dónde nuestro viaje tomará a su fin. El Río Jordán, en frontera con Jordania igual que el Mar Muerto, recibe visitantes de forma imparable día tras día y aquello, como otros sitios de interés en el país, ha sido controlado por Israel y sus Kibutz: familias aposentadas en un lugar para explotarlo, colonizarlo y sacarle el máximo partido en pro del estado de Israel. El negocio aquí se hace con la fe de las diferentes comunidades cristianas, el enclave es encantador pero todo parece indicar que Jesús fue bautizado en otras coordenadas, cercanas a este Kibutz pero también mas cerca de Jordania. El agua, eso sí, pertenece al mismo río y eso se transmite en las caras de felicidad de miles de personas que son bañados y bautizados. 

La despedida de Jerusalén, rumbo a Tel Aviv, nos deja muchas preguntas en el aire pero también una sensación de paz absoluta por haber pisado la Tierra Santa de las tres grandes religiones del libro. Hay algo que despierta en el interior y es acompañado por el impulso de los grandes profetas, aquellos que siempre han estado presentes en la historia. Con la necesidad imperiosa de luz cerramos este capítulo y abrimos el libro de la espiritualidad que nos evocará, eternamente, los bellos lugares de Tierra Santa.




DIOSES


                                                Hubo un tiempo, lejano, de Dioses
                                                colmado de plenitud y esperanza.
                                                Hubo un tiempo de gracias y dones
                                                donde danzábamos en semejanza.


                                                De pronto la vanidad se presentó,
                                                altiva y recia, deformando al hombre
                                                y la sombra de la caverna se asentó
                                                en los corazones del ser pobre.


                                                Los Dioses moraban en la llanura
                                                y el vanidoso los expulsó al mar,
                                                bailando en agua con gran ternura
                                                fueron desterrados a remar.


                                                El esfuerzo los llevó a la montaña,
                                                Dioses oteando el claro horizonte
                                                pero la envidia ataca con saña
                                                y su destino se aleja del monte.


                                                ¡Qué extraño ser el sagaz humano
                                                incapaz de amar a sus Dioses!
                                                Más aún cuándo levantan su mano
                                                o rezan en las más raras poses.


                                                Los Dioses, reales e invisibles
                                                vuelven sus ojos al espíritu eterno
                                                lanzándote mensajes poco posibles
                                                pero plenos de amor paterno.


                                                En nuestros corazones se asientan
                                                convencidos de nuestro bello futuro,
                                                dónde la maldad fría no se menta
                                                y el caminar no huele a cianuro.







SHERLOCK HOLMES espiritista


 "Supongo que si alguien es Sherlock Holmes, ese soy yo; y digo que el caso sobre el espiritismo está totalmente demostrado". 

Respuesta de Sir Arthur Conan Doyle  a la prensa de su época.


No es fácil digerir el asunto que van a tratar estas líneas, vaya por delante que no es pretensión el buscar adeptos para una causa que, en todo caso, es ajena a nuestra percepción. Debatir estos asuntos es tan inútil como tratar de convencer a dos aficionados deportivos de distinto equipo de cuál es mejor. Y sin embargo, hay momentos de duda dónde se abre una ventana que creíamos cegada eternamente, hay circunstancias que nos obligan a reflexionar. Y este verbo, en toda su magnitud, si nos gusta para enfocar el tema que vamos a tratar. Reflexionar es el más sabio ejercicio de la humanidad, al que parecemos dedicarle poco tiempo o, en otros casos, lo empleamos en divagaciones sin trascendencia que parecen ser el deporte internacional de nuestra vieja especie. 

Como una tormenta apabullante, característica del monzón indio, Sir Arthur Conan Doyle, el escocés inmortal,  presentó su fe en el espiritismo. En las conciencias de la época, principios del siglo XX, se percibió un gran revuelo. El autor del detective más metódico, empírico y por ende racional, afirmaba que la nueva religión espiritista era el futuro de la humanidad. Un futuro alejado de miedos y temores porque nuestra alma, se anunciaba, es inmortal. Desde el principio, en Europa, se subraya la idea de religión y no de movimientos esotéricos, sectarios o sociedades secretas; la idea era sencilla a la par que singular, el conocimiento espiritual abierto a todos para así crear una sociedad mejor. Esta nueva religión, desde finales del XIX consiguió atraer a muchas personas errantes en lo místico, encantó pero también desencantó y esto último como consecuencia de numerosos fraudes que, desgraciadamente, se repetían con frecuencia.

Sin embargo, lejos de la mentira, estuvieron muchos personajes relevantes del momento que dedicaron sus vidas a la nueva religión espiritista. Sabios, científicos, filósofos e incluso clérigos le daban un empaque distinto con sus conclusiones alejadas de la vulgaridad. Conan Doyle, como escritor y miembro relevante de la sociedad londinesa, tenía una deuda moral con este movimiento. Al principio escéptico en materias psíquicas, su mente fue cambiando a raíz de la muerte de su hijo menor en la I Guerra Mundial. Profundamente abatido se dejó guiar hacia una sesión espiritista de la que salió impresionado al hablar, supuestamente, con su hijo. Fue entonces cuándo su tristeza se tornó en esperanza, una nueva vía infinita se abría ante sus cansados ojos y el mundo, que parecía gris, de repente tomaba una gama de colores tan vivos como el más bello amanecer. En su mente una bella idea, no había ocaso sin alba.

Sherlock Holmes, desde su aparición en 1887 en Estudio en Escarlata, había calado hondo en las conciencias con sus eternos atributos: gabán, sombrero y pipa. El icono del detective más racional comenzaba a ser universal. Y sin embargo Conan Doyle nunca se sintió totalmente agradado por Sherlock Holmes, suponemos que cerraba las vías a esa nueva religión que acaba de conocer y esto le causaba, a Conan Doyle, una fuerte contradicción interna. Hasta el punto que quiso matar al detective y su madre, entre otras personas de su círculo, le hizo dar marcha atrás en esta idea; siempre le perseguirá la sombra de obras secundarias que consideraba, personalmente, más importantes que el entretenimiento de Sherlock Holmes. En 1926, empujado por esa deuda moral al espiritismo que tanto le había ofrecido, publica Historia del espiritismo y una obra más enigmática llamada The land of the Mist (traducido al español con el sugerente título de El País de las Brumas o La Tierra de la Niebla).

En esta última obra, The Land of the Mist, nos vamos a detener por su complejidad. Aquí los personajes son copias, con nombres cambiados, de la realidad que Conan Doyle había vivido en sus prácticas espiritistas. Lo más sorprendente es que  Sherlock Holmes estuvo cerca de aparecer en la novela,  de ser el racionalista/científico que cambia su parecer ante la evidencia de lo espiritual; de nuevo tuvo que cambiar esta idea inicial por la presión de su círculo ante la polémica que generaría. El profesor Challenger, presente también en otras obras suyas como la célebre El Mundo Perdido, toma las riendas de este personaje que vivirá un proceso evolutivo y tendente a lo espiritual. Quizás, partiendo de esa idea inicial de incluir a Sherlock Holmes en la novela, el detective al no aparecer finalmente en la misma, parte su papel en dos: uno es Challenger como decíamos y el otro es un periodista, Edward Malone, frío y calculador como Challenger pero menos explosivo que no tiene más remedio que sucumbir al mundo de los espíritus ante tanta evidencia. Ambos sucumben a la "verdad", como Conan Doyle lo había hecho y como quería que lo hiciera Sherlock Holmes para ofrecer otra visión del detective a sus seguidores. Hubiera sido un tremendo mazazo a las conciencias.

En The Land of the Mist se describen ectoplasmas, posesiones controladas por mediums sensibles, movimientos de objetos y hasta casas encantadas por espíritus errantes y atrapados en nuestro mundo. Todo tiene un denominador común: la reciprocidad en la ayuda de un mundo al otro para dar a conocer los misterios de la muerte. Como en el Libro egipcio de los Muertos, a lo largo de la novela, se dan pistas para pasar de una esfera a otra y poder adecuarse rápidamente a la nueva "realidad". Siete esferas, siete caminos de perfección, son los que nos esperan tras esta vida para alcanzar nuestro autodesarrollo como seres espirituales que somos. Esta concepción de las esferas está presente en textos antiguos y manuscritos iniciáticos leídos en reuniones de sociedades secretas; Conan Doyle enseñará la "verdad" sin filtros.

Del lector depende, como casi siempre, sacarle el jugo a la sabiduría que se muestra. Muchos se escandalizarán, como parte del eterno conflicto entre ciencia y religión, otros descartaran la lectura simplificando todo en locura y unos pocos, los más sabios, comprenderán que para defender una verdad hay que conocer las verdades de los demás. A estos últimos la lectura les transportará a un mundo brumoso dónde el mensaje de amor y bondad impera, dónde tras las sesiones espiritistas o las visiones se ofrece un tranquilizador mensaje. Detrás del miedo primigenio existe un camino de perfección, tan sólo hay que abrir los ojos a ese mundo para comenzar a transitar por sus senderos; a veces estrechos y sinuosos e incluso peligrosos pero en definitiva reconfortantes. Valga como ejemplo aquella tesis de los matrimonios terrenales: sólo uno de cada cinco son verdaderos y, sólo estos por tanto, volverán a encontrarse en alguna de las siguientes esferas. Cuándo uno sabe enfocar su vida y, en definitiva, conoce sus mentiras y sus verdades sabrá buscar en su interior respuestas.

Conan Doyle encontró su verdad y quiso mostrarla a todos tal cual lo había hecho. Fue criticado por muchos y esto provocó, junto con otras experiencias anteriores de otras personalidades, que la información en mayúsculas se cifrará en códigos secretos cada vez más complicados. La crítica burlesca nunca es del agrado de quién cree poseer conocimiento. Muchos sabios han vivido, a lo largo de los siglos, esta desagradable experiencia.

Sherlock Holmes no aparece en la novela pero su sombra se deja sentir en muchos recovecos de la misma. Cualquier lector del célebre detective descubrirá su figura, sin estar, en comentarios, actitudes e incluso sentimientos. Y como Conan Doyle dijo, si Sherlock Holmes era él mismo en algún momento dejaría la pipa a un lado para asombrarse del mundo espiritual. Quizás fuera fugaz y en seguida volviera a enfundarse en su gabardina racionalista, pero ese momento existió.

Más allá de la posible fantasía, de los sueños llevados al extremo, Conan Doyle nos deja un mensaje altruista alejado de la trampa y la lucración. Un mensaje de humanidad que, hoy día, sigue siendo tan necesario como en los tiempos de la novela.

Porque como Sir Arthur Conan Doyle dice "...el estado más peligroso para un hombre o una nación se produce cuándo su lado intelectual está más desarrollado que el espiritual y ¿no es ésta la condición actual?..."

Reflexionar, como dijimos al principio, es lo único que nos queda ante una frase así. Ella resume, a la perfección, la vida del autor de Sherlock Holmes y quizás la del propio detective.   





El BOSQUE: su significado oculto


Las personas que leen cuentos con asiduidad, sabrán que el bosque es un elemento predominante en ellos, incluso esencial. Y esto es así por influencia cultural-religiosa, es la fe que todos llevamos dentro y sobre todo la que, dependiendo de nuestra cultura y lugar de nacimiento, nos intentan inculcar. Nos transmite el bosque, casi sin nosotros darnos cuenta, elementos místicos que ya nunca desaparecerán de nuestras imágenes mentales. 

Un claro ejemplo de ello es la importancia del bosque en los iniciados o iluminados religiosos que marcan nuestros senderos, así por ejemplo Buda o Krishná en sus largas meditaciones y reflexiones eligen el bosque como retiro; el huerto de Getsemaní, o de los Olivos, donde Jesús de Nazaret se retiró a recibir la inspiración divina no deja de ser un espacio natural que se podría denominar bosque sin miedo a equivocarnos. También es reseñable, como según algunas fuentes cristianas argumentan, que Juan el Bautista necesitaba largos retiros en un bosque profundo para meditar sobre la futura venida del Mesías.

En esta línea también, y haciendo una parada en los cuentos que todos conocemos, aparece Blancanieves con su retirada al bosque tras la orden de la reina que dictó su muerte; es aquí donde descubrimos una Blancanieves sacerdotisa, e iniciada, que busca la sabiduría a través de la meditación. Más allá de el hecho literal de refugiarse en un sitio frondoso, y seguro, como es un bosque, se está ofreciendo un trasfondo místico al lector que quiera abrir sus sentidos. Tema aparte sería los cuentos clásicos y sus mensajes para iniciados aunque, a veces, cueste encontrarlos entre la maraña de moralejas y/o moralidades básicas.

El mensaje secreto del bosque, lo entenderemos algo mejor si conocemos que, por ejemplo, para los budistas el árbol simboliza el grado supremo de sabiduría; que pueden alcanzarla todos los hombres de buena voluntad, ya que esta sabiduría sirve para librar al alma de los peligros del mundo y por consiguiente trae la salvación que tanto ansía el alma humana. Los judíos tienen en el árbol de la vida uno de los secretos de la cábala, es desde un concepto cosmológico un mapa de la creación divina; mapa que posteriormente copiaran, a su manera, cristianos, paganos y seguidores de Hermes Trimegisto. A partir de aquí la alquimia, esa ciencia que ansiaba el elixir de la vida y se desarrolla con el esquema del árbol muy presente, surge como elemento unitario de hombres que buscan iniciación.

Hay que pensar, también, que las brujas celebraban sus aquelarres en lo más profundo de la floresta, con lo cual también ellas lo veían como algo sagrado, donde recibirían una sabiduría a través de la mística (en sus diferentes interpretaciones). Estas reuniones, tan temidas en la Edad Media, siguen siendo tan desconocidas hoy día que las especulaciones son variopintas. En España, Zugarramurdi y sus brujas reunidas en espacios boscosos y cuevas parecían transmitirnos el mensaje de nuestros primeros antepasados, el respeto sagrado por la naturaleza y sus elementos que la componen.

Es importante recordar que para los celtas (venidos desde el Cáucaso, y asentados en  el Norte de Italia y Norte de la Península Ibérica, pero sobre todo en la Bretaña francesa y Reino Unido) los árboles y los bosques fueron sagrados; nadie puede olvidar los conciliábulos, en lo más profundo del bosque, de sus druidas que tanto nos apasionan aún en nuestros días. La cultura celta, sobre todo, siente especialmente mágico el Avellano, un árbol que recibe su importancia en el cuento de Cenicienta haciéndola casi sin darnos cuenta Hija del Avellano. 
En la versión de los hermanos Grimm de este susodicho cuento el mensaje es que, por muchos sinsabores que da la vida en su búsqueda  de la verdad, el adepto (ojo al lenguaje simbólico, hablamos de adepto como buscador de la verdad y de la sabiduría secreta) si consigue vencer la tristeza y el dolor vencerá todos sus problemas y alcanzará su objetivo. Esto se refleja en el Avellano que planta Cenicienta a la muerte de su madre y como lo riega tres veces al día (simboliza las tres pruebas que debe pasar todo iniciado) hasta que con paciencia da sus frutos y el árbol florece; allí acude a orar tres veces al día (de nuevo el tres) y al poco aparecerá un pájaro blanco que, en la noche mágica, le da un vestido y unos zapatos preciosos con los que se va al baile. El alma de la madre vive en el avellano y se manifiesta en el pájaro (blanco, simbolizando la pureza), en esa bella armonía de la naturaleza. Todo se traduce en paciencia y perseverancia, dejando a un lado dolor y tristeza (por la situación con su madrastra). Es el triunfo de los “frutos que hacen esperar “.

En Roma, Plinio, ya nos hablaba de la importancia del árbol pero más allá, incluso en el hombre primitivo, el bosque era un sitio mágico, con infinidad de misterios. Intentemos asimilar el pensamiento de un hombre que vivió en aquella época donde todo su conocimiento es a base de sus sentidos, únicamente, sin más ayudas...y toda una naturaleza aún por explorar. Seguro que ahora comprendemos sus experiencias con el bosque y el significado que le daban.

El simbolismo del bosque, y todo su misticismo implícito, se mantiene en los cuentos y en elementos tan populares como el árbol de Navidad, con sólo una antigüedad de 150 años, puede sorprender lo reciente de esta tradición; ello proviene además de los protestantes centro-europeos, del Imperio Austro-Húngaro, para luego extenderse a toda Europa. En los países católicos lo usual era representar el nacimiento de Cristo con unas figuras que se denominaban, como actualmente, "belén".

Otro ejemplo del bosque es recogido por J.R.R.Tolkien en su compendio mitológico que comprenden sus obras; en la más conocida, El Señor de los Anillos, el bosque es visto como algo donde ocurren cosas fuera de lo normal y donde sus habitantes, los árboles, cobran vida y se reunen en concilios, simbolizando estos la sabiduría reflejada en el paso de los siglos y su experiencia adquirida. Mal llamada literatura fantástica, la obra de Tolkien refugia a sus personajes más sagrados y versados, los elfos, en los bosques; demostrando, una vez más, la plena armonía de la naturaleza y el iniciado.

Además podríamos añadir que, para los literatos, el bosque es lugar de refugio y sobre todo paso obligado de caminantes que persiguen algo importante, trascendente y a veces sagrado; podríamos encontrar la clave en las leyendas del ciclo artúrico que nos presentan a un Perceval o Parsifal en busca del Grial recorriendo bosques mágicos.

En resumen el bosque  es la fuente del conocimiento sagrado donde beber; ya que sólo apartado del mundo el hombre se encuentra a sí mismo, liberado de ataduras de su entorno, sólo en comunión con la naturaleza el hombre aprende el lenguaje del alma. Quizás los niños saben más de esto...¿quién no recuerda en su infancia sentir pasión por árboles, arbustos, tierra, etc? Por ello el verdadero iniciado debe despojarse de sus ropajes de adulto y sentirse niño de nuevo. 

La naturaleza está siempre esperando.