Karl Adolf EICHMANN: la paradója de su legado


Cuándo aún contaba con una edad propia de la niñez encontré, viejo y olvidado, un libro con algunas fotografías. Por aquel entonces yo no entendía de palabras más allá de las escritas a pie de página de una fotografía y fue precisamente una imagen la que hizo detener mis manos en su rápido proceso de pasar hojas. Un hombre, alopático de mediana edad, se encontraba ante un Tribunal dentro de una urna de cristal y flanqueado por dos policías. La sala, presidida por un candelabro de siete brazos, alimentaba aún más mi curiosidad.

Se trataba de mi primer contacto con Adolf Eichmann y a raíz de él, en diferentes momentos de mi vida, he sentido la necesidad de saber por qué aquella puesta de escena. Cuándo uno estudia Historia lo debe hacer libre de prejuicios y condicionantes que, más tarde o más temprano, acaban por vestirnos a los seres humanos; pero cuándo uno escribe Historia debe cumplir a rajatabla este paradigma. Estas humildes líneas no van a incumplir esas normas, casi sagradas y no escritas, que uno aprende en la Universidad.

Eichmann no fue uno de los nazis más significativos por aquellos años del III Reich, de hecho el asumió hasta el final de sus días su papel como segundón del entramado político-militar alemán. Precisamente desde este papel intentó exonerarse en el Juicio llevado a cabo en Israel tras su captura en Argentina por agentes del Mossad; pero este posicionamiento, lejos o no de ser verdad, no le salvaría de la horca ni tampoco le libraría de la lista negra de la opinión pública. Entró a formar parte de las SS gracias a un amigo de su padre, Ernst Kaltenbrunner, y según su propia declaración lo hizo más como salida profesional que cómo convicción o sentimiento. Hagamos la primera parada, ya que aquí se encuentra la primera paradoja: hasta con la soga al cuello se mostró cómo un ferviente nacionalsocialista, defensor del Reich milenario.

En los primeros años del régimen nazi trata de negociar con los judíos una salida de Europa hacia un territorio alejado de las fronteras alemanas. Eichmann es uno de los defensores a ultranza del traslado de los judíos a Madagascar y, aunque parezca contradictorio, mantenía relaciones con la cabeza visible del Sionismo de la época. En base a conversaciones que mantuvieron, con una breve visita a Oriente Medio de por medio, denotamos el porque de estas relaciones: ambos grupos, sionistas y nazis, buscaban llevar a los judíos fuera del Reich: los primeros en base a sus pretensiones de fundar un Estado en Palestina y los segundos...pues como fuera pero alejarlos. Que extraña destino el que unió, de alguna manera y sin amor claro está, a las dos facciones formando así la segunda paradója en la que Eichmann aparece de por medio. Negociaciones que se rompen por varios factores y protagonistas: la creciente virulencia hacia los judíos, Reino Unido y su contradictorio comportamiento en Oriente Próximo respecto a árabes y judíos -¿dónde quedaría aquella nación árabe prometida tras el conflicto mundial? ¿Qué pensarían los refugiados judíos al no poder atracar, durante la guerra, en Turquía un barco lleno de familias por orden británica?- y por último la creciente vorágine de la guerra que ofrecía constantes cambios de equilibrio.

Cuándo finalmente se opta por el envío de elementos subversivos a los campos de concentración se ha tomado ya la decisión en el régimen nazi sobre la Cuestión Judía. Eichmann, encargado de la logística y el transporte de prisioneros a los campos, cobrará un creciente protagonismo en el que el bando Aliado, y a la postre vencedor, destacará su eficacia y su papel como subordinado que acata órdenes sin miramientos. Él, durante los interrogatorios en Jerusalén, siempre se defendió como una persona sensible que no soportaba ver masacres y que cuándo tuvo que ver violencia gratuita e injustificada en los prisioneros sufría un malestar interno en forma de falta de apetito, insomnio y cierto sufrimiento. Sin embargo, con la frialdad que caracterizó su forma de ser, argumentó que esas sensaciones no eran las mismas al organizar transporte, evacuación y deportación de prisioneros; tampoco parecía importarle dónde iban esas personas: si a realizar trabajos forzados o al exterminio. No obstante, durante el juicio e incluso previamente según su testimonio, sugiere que si su muerte por ahorcamiento vale para algo en la sociedad alemana no tendría ningún problema en redimirla dando ejemplo con su muerte. Eichmann parecía no darle la espalda al destino pero, muchos así lo creyeron, vieron en sus palabras una contradicción: su arrepentimiento final de nada valía cuándo había vivido en la clandestinidad precisamente para salvarse. Su sufrimiento posterior en contraste con la seguridad inicial de hacer las cosas debidas en beneficio de la patria constituyen la tercera paradoja.

Al acabar la guerra es capturado por los americanos e internado en un campo de concentración para SS. Pero se hizo pasar por Otto Eckmann y no fue descubierto. Organizó una fuga con algunos compañeros y estuvo en Alemania trabajando, bajo falsa identidad obviamente, como leñador. Durante los Juicios de Nuremberg su nombre salta a la palestra en diferentes ocasiones por múltiples "camaradas" que no dudan en quitarse responsabilidad de sus acciones -este es el retrato de muchos seres humanos ante la adversidad- para así intentar salvarse a ellos mismos. Eichmann atemorizado ante la magnitud que tomaba su actuación en el régimen nazi decide saltar a Argentina, ayudado por un franciscano filonazi y, según algunas fuentes, por la organización de ex-SS ODESSA. Allí rehace su vida sin lujos, bajo el nombre de Ricardo Klement y con diferentes trabajos. Al final, con la familia reunida de nuevo en Argentina, es descubierto y secuestrado para volar a Israel. Eichmann asegurará, en una más de estas extrañas y curiosas paradojas, que conocía el cerco al cual estaba siendo sometido y no hizo nada por evitarlo o cambiar de país ya que no pretendía escapar a un juicio que aclararía su participación en el III Reich. Es la cuarta paradoja, porque entonces todos nos preguntamos: ¿por qué no quiso ser juzgado pues en Alemania, su patria y si aceptaba, según su testimonio, sentarse en un tribunal judío? ¿por qué oculta su identidad durante años y de repente no tiene reparo en conceder una entrevista con un periodista holandés? es verdad que este periodista era un antiguo simpatizante nazi y que su nombre no sale reflejado en la posterior publicación de sus palabras pero era evidente que estaba dando pistas sobre su paradero de una forma u otra, ¿por qué?

Con su muerte, tras un juicio unidireccional, dónde el acusado no tiene problema alguno en presentarse como una pieza leal del engranaje nacionalsocialista, queda de manifiesto que si volviera a nacer serviría de la misma manera a sus jefes o superiores. Pero también quedo claro que él personalmente no mató a ningún ser humano ni odiaba razas o religiones en concreto; es presentado por las autoridades judías como el mayor criminal nazi, responsable de millones de muertes y él prefiere presentar la cara de burócrata perfecto. La realidad es que Eichmann no decide sino que acata órdenes y esto, sumado a que los psicólogos le encontraron una persona perfectamente cuerda y sana de juicio, lleva a reflexionar sobre culpables, responsables e inocentes. Los países aliados vencedores de la guerra, las fuerzas perdedoras del Eje o  los que se presentaron como víctimas durante la vista de Eichmann, los judíos, no quisieron reflexionar sobre ello, únicamente trataron de encontrar algún documento o palabra que lo culpara mediante la legalidad. Algunas voces hablaron de cadena perpetua, trabajos forzados,etc...pero su final ya estaba escrito. Esta no es la típica historia de buenos y malos, como quisieron hacernos ver algunos antes y después de la guerra, sino la eterna canción del ser humano: la maldad no es propia, en concreto, de ninguna filiación política, cultura, país, grupo de fe o cualquier otra asociación y, aunque parezca lo contrario a veces, la bondad tampoco es una etiqueta original.

En la más extraña de las piruetas de su destino, Eichmann moría en Israel gritando: "Viva Alemania". Esta supone la más rara paradoja de todas si pensamos en cuantos "Viva Israel" se ahogaron en Alemania durante el gobierno nazi para el cual Eichmann trabajaba con celo. Rechazando leer la Biblia con un prelado protestante que le ofrecen y tras beber media botella de vino tinto se dirige a la horca; con seguridad y firmeza rechaza una capucha para cubrirle la cara y comienza así su viaje por el valle de la muerte. Un extraño personaje, Adolf Eichmann, lleno de contradicciones, con su carga de responsabilidad propia y otra adicional que, tanto nazis como potencias aliadas y judíos, le impusieron al acabar la guerra. Culpable de sus actos personales pero también, erróneamente, señalado con la máxima responsabilidad.

Una paradoja más para la historia, por mucho que siga levantando ampollas hoy día. Una vida de contradicción que podría ser explicada por el Diario personal que escribió mientras estuvo preso en Israel y que este pueblo se niega a mostrarlo a la luz pública. Sus razones tendrán.






2 comentarios:

  1. ¿Menos malo porque, según su testimonio, lo único que hace era cumplir con su trabajo? que gran debate la vida de este hombre

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  2. Bien ejecutado. Cuando una persona asume una responsabilidad tan grande en un régimen político, como fué el nazi, no tiene más remedio que pechar con lo que toca. ¿Que hubiera pasado si los nazis hubieran ganado la guerra?, ¿tendrían piedad con los responsables de los vencidos?.

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